En las navidades de mi infancia no habia ni la mitad de la mitad de lo de ahora,
pero mis aitas hacian que fuesen especiales.
Mi amatxu cocinaba con tanto esmero que la piel le olia a besamel y a compota.
No teniamos apenas regalos y estos eran cada año los mejores.
No nos moviamos casi de la cocina, porque en el resto de la casa hacia frio,
pero nos reiamos mucho y también nos acordabamos de los que faltaban.
Cantabamos y brindamos con mosto, sidra y vino
y los dulces que no comiamos el resto del año
nos empañaban la vista...
Hoy intento que aunque tenemos más que antes,
mis hijos no pierdan ese sabor que para mi tenian las navidades.
Y que valoren que pasarlas juntos y
recibir un nuevo año es el regalo más grande.